Mauricio Strugo

Lic. en Psicología - Sexólogo Clinico. Especialista en Parejas y familias

MIGUEL CONEXIÓN


A las siete y media suena el despertador, que en realidad no es un despertador sino el celular de Miguel que como los teléfonos de hoy en día, hace rato dejó de cumplir solo esa función para convertirse en una extension ortopédica.
Miguel no lo apaga, lo deja en silencio tras asegurarse de poder despertar siempre a la misma hora. La canción para empezar su día no es elección suya, sino una de las tres que vienen en su dispositivo como despertador, una mezcla de sonidos que no llega a ser canción, una alarma que no termina de convencer..
Miguel es un tipo ordenado, su rutina empieza cuando se incorpora de la cama a las siete y treinta y dos, ni un minuto antes o después, en el tramo desde su habitación hasta el baño, su celular actualiza la información con distintos ruidos que corresponden a sus redes sociales y al correo electrónico; se lava los dientes, y mientras se mira al espejo y hace buches se apura, ansioso por saber quién publicó qué o qué pasó mientras no estaba conectado. Muy pronto, aún con el cepillo de dientes en la boca, toma su celular y revisa a qué corresponde cada chirrido del teléfono.
El desayuno incluye WhatsApp, Facebook, Instagram,Twitter y algún portal de noticias, junto a un buen mate. Miguel le da importancia al desayuno, su madre le inculcó esto de niño y también él lo leyó en alguna página web.
Al salir de su casa, ya en el auto activa el bluetooth por si alguien lo llama, mientras la voz española del GPS da indicaciones que él no necesita pero lo acompañan; en cada semáforo mira qué cambio hubo en Facebook, aunque en verdad no lee ni presta atención a las publicaciones, sino que es algo que necesita hacer.
En la oficina, inicia todas las aplicaciones para estar vinculado, aunque ya las tenga abiertas en su teléfono, y convive en un buen matrimonio de multitasking entre lo que requiere su trabajo y su vida social.
Tiene tres mil amigos en Facebook, sigue a dos mil noventa y nueve en Twitter pero no acostumbra a publicar nada por temor a que no sea likeado, elegido como favorito o compartido; quisiera escribir algo y siempre está a punto pero no consigue hacerlo.
Aquellos tiempos en los que con sus amigos se juntaban en la plaza de la esquina del colegio quedaron atrás y en realidad él nunca supo bien si le gustaba reunirse allí con ellos, pero se quedaba y cuando por diversas situaciones el grupo terminó por dispersarse, Miguel eligió llevar una vida ordenada y tranquila. Tiene en Facebook como amigos a todos sus compañeros de secundaria y a algunos conocidos del barrio, pero jamás intentó comunicarse, le alcanza con saber que Pedrito está en una relación o que el Narigón después de hacerse travestí comenzó a militar por los derechos humanos.
Su departamento es de dos ambientes, no necesita más para vivir, antes de alquilarlo se cercioró de que las construcciones no le causarán problemas con la señal en el celular. Para el wi-fi eligió dos proveedores por lo que tiene dos modems instalados de modo de nunca tener que pasar por el mal trago de quedarse sin conexión.
Hace un año tuvo una novia, una hermosa rubia platinada con un cuerpazo de vedette,; Miguel no podía creer que alguien así le hablará, o mejor dicho, chateara con él, porque en realidad nunca escuchó su voz ni tampoco llegó a verla, sólo tenía de ella algunas fotos y algunos audios, que de tan calientes, lo hacían sentir más vivo que nunca; el problema en esa relación era que cada vez que querían realizar una videollamada para escucharse y avanzar, algo fallaba en la conexión de alguno de los dos y entonces Miguel maldecía al país, a los estafadores que le proveían de internet y llamaba al call center para quejarse aunque siempre le dijeran que al momento del llamado su conexión funcionaba dentro de los parámetros establecidos. 
Yo no lo conocí, me enteré de su historia por un amigo, que a su vez tenía un amigo a quien le habían contado sobre él, y ya saben como es esto: cuando las cosas llegan así, es difícil saber si el tal Miguel existió. El asunto es que un día Miguel Conexión llegó a su casa, era verano y no había luz y, para variar, justo esa semana en su empresa, habían prohibido a todos los empleados utilizar programas que no tuvieran relación con el trabajo. ¿Que iba a hacer con su rutina? ¿Qué podía hacer sin conectarse a Internet y sin mantenerse informado acerca de todo lo que sucedía en un mundo tan cambiante?
Al ver el edificio oscuro a Miguel se le trasformó la cara, mientras su estómago hacía ruidos casi imperceptibles; sabía que había cortes por distintos barrios porque era un tipo informado, pero nunca imaginó que podía pasarle a él, en su casa; subió los ocho pisos hasta su departamento y por las dudas accionó todos los interruptores varias veces para ver si por casualidad volvía la luz y todo volvía a activarse. Con el paso de los minutos se sintió cada vez más desconectado, su pulso se aceleró y empezó a sudar como nunca antes, sentía que se asfixiaba, y por eso, en un acto desesperado de supervivencia, se lanzó hacía el balcón, que nunca había sentido parte de su casa; luego de dar varias bocanadas de aire y recobrar el aliento, de a poco empezó a apreciar la hermosa noche que con sus estrellas le regalaba un paisaje bellísimo, quizás como compensación por el calor y la falta de luz; abrió bien los ojos y agudizó los sentidos para impregnarse de cuanto allí había, y de pronto en el balcón contiguo advirtió que una vecina que lo habría estado mirando desde que él salió, ahora ella le sonreía; era una mujer de mediana estatura, parecía rondar los 30 años aunque su rostro conservaba la picardía de una niña que parecía haber sido traviesa en su infancia; y entonces a Miguel también le nació una sonrisa, gesto al que ella respondió al invitarlo a su balcón para compartir unos mates; nervioso por la situación, Miguel soltó su teléfono, que cayó al vacío, pero no le importó, casi que ni se dio cuenta, ya no iba a necesitar estar tan conectado.

Mauricio J. Strugo.

 

Mauricio J. Strugo